AGUSTÍ ROQUÉ, ESCULTOR. |
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La obra de Agustí Roqué, desde sus inicios a mediados de los años setenta, se ha movido en un doble componente poco común dentro de la escultura española, que aúna una cierta tradición escultórica de corte anglosajón con una fuerte conciencia urbana, que le ha permitido establecer una personal reflexión sobre los espacios de comunicación social, en una obra de complejas relaciones espaciales elaborada básicamente en hierro. Hasta mediados de los años ochenta sus obras en mármol, piedra y hormigón desarrollan un lenguaje de complejos encuentros, de misteriosas asociaciones espaciales, a modo de imaginarios muros de ciudad que devenían casi metafísicos laberintos urbanos. Como culminación de esta etapa, entre 1985 y 1988, aborda el encargo del Ayuntamiento de Barcelona de monumentalizar la avenida Río de Janeiro, que supone un interesante proyecto de arte público en el que se enfrenta al reto de tener que armonizar las desiguales energías de un área urbana desestructurada y de difícil confluencia de barrios. En esta obra, el artista extrema su sintaxis de contrapuestos creando una obra de efectos reptantes y verticales, que se despliega por medio de 14 volúmenes libres a lo largo de un espacio de 300 metros, hasta que acaba actuando como un interesante experimento de sutura y de recomposición del lugar. Después de pasar diez años en Londres, y de forma muy pionera en Cataluña, en el año 1986 el artista hace el salto hacia las planchas geométricas de gran tamaño que ha utilizado hasta hoy, en busca de la creación de verdaderos habitats transitables, con los que crear escenarios a escala real de situaciones humanas reveladoras de nuestras contradicciones y desencuentros. Las instalaciones “Screens” de 1997 y “El Corral de la Vida”, de 1998-2001, son buen reflejo de ello. El valor dado a las sinergias, al trayecto y a la dinamicidad confirman su interés por hurgar en la inestable experiencia vital del hombre urbano de hoy, a partir de una concepción escultórica siempre presente en su trabajo que rompe con los valores de unicidad y fijación del pasado, y se compromete con un sistema de perspectivas abiertas y de interacciones que tratan de representar el espacio psicológico comunitario. La urbe, no ya metafísica
sino totalmente física y tangible, con espacios que conducen inevitablemente
hacia el otro, motor de continuas transformaciones, laboratorio inacabable
de vida social, sirve a Roqué como metáfora de la construcción
interior del ser humano. Toda su obra de los últimos años,
realizada con lacerantes planchas en hierro y sensoriales cauchos, utiliza
paralelismos arquitectónicos (aberturas, escaleras, rampas o pasadizos)
para filtrarse en la conducta humana y ahondar en los desiertos del alma
de la desajustada sociedad actual. |